Física en la Cabrera Regional (Tecamachalco)

"La ciencia no se detiene"

25 aniversario de México en el espacio y los meteoritos (13)

Antes de que fuésemos despertados por la NASA con la hermosa Canción Mixteca, mientras yo descansaba dentro de mi bolsa de dormir, como si fuese una tortuga humana amarrada y colgada de la pared, con mi cabeza y mis brazos suspendidos en la ingravidez y emergiendo por los huecos de ese caparazón de tela azul, me preguntaba entre sueños qué pasaría si un meteorito o un pedazo de desecho o “chatarra” espacial chocase contra nosotros. En realidad, no sentía miedo ni temor, pero sí estaba conciente de la probabilidad de un impacto semejante, a pesar de que el Centro de Control en Houston y toda la red de rastreo de la NASA nos seguían sin interrupción para vigilar nuestro entorno. Se ha calculado que una sola de esas partículas hiperveloces –de las pequeñitas– que “sólo” tuviese un diámetro de 3 mm, lleva la misma fuerza destructiva que una bola de boliche a 100 km/h; afortunadamente, no se presentó ningún percance. Pero si acaso hubiese sucedido, aunque nunca he tenido instintos suicidas aún en los momentos más difíciles de mi vida, yo mismo me confortaba diciéndome que estaba viviendo una experiencia extraordinaria y que si el destino determinase que los restos de mis compañeros y yo quedasen para siempre en la órbita terrestre –aumentando la cantidad de desechos–, pues ya ni modo, como dice el dicho. La vida es un don invaluable que todos debemos valorar –valga la redundancia–, disfrutar y conservar hasta donde sea posible. Nunca me cansaré de asombrarme con las maravillas de la Naturaleza, aquí abajo en nuestro planeta, y con la majestuosidad y la inmensidad del Cosmos, mismo que yo podía ver más de cerca en aquellos momentos.

Dormitando, recordaba cómo tan sólo unas horas antes, mientras observaba la Tierra y todo lo que se presentaba ante mi vista, fui testigo de un espectáculo que me cautivó. Era algo así como una cascada luminosa que caía hacia el planeta, formada por miles o millones de pequeñísimos meteoros –restos de materia de los cometas–, tan finos como el polvo, que eran iluminados oblicuamente por los rayos de la luz solar. Siempre hay materia cósmica cayendo hacia la Tierra e incinerándose por fricción y las altas temperaturas conforme cae a través de la atmósfera, pero hay algunos cuerpos tan grandes –como los fragmentos de asteroides o meteoritos– que sólo se parten y sus restos pueden caer como piedras gigantes en diversas regiones de la superficie. Inmediatamente me acordé de aquellos venerables meteoritos que están en exhibición permanente a la entrada del Palacio de Minería, en el centro histórico de la Ciudad de México, ese mismo palacio donde yo había ya impartido –y seguiría impartiendo después– cursos intensivos sobre microondas y satélites, a través del programa de Educación Continua de la Facultad de Ingeniería de la UNAM.

Todas estas reflexiones me hacían pensar sobre la fragilidad de nuestro mundo, y también sobre los peligros inherentes a los viajes espaciales tripulados. El espacio es un medio inhóspito, donde puedes perder la vida en cualquier instante. Y la propia Tierra, también es un lugar inseguro: terremotos, tsunamis, huracanes, erupciones, y –por si fuera poco– la posibilidad de que haya un impacto cósmico con resultados catastróficos, tal como ocurrió hace millones de años en la península de Yucatán, con la correspondiente desaparición de los dinosaurios y miles de especies animales y vegetales. Aunque no tengo dudas, aún me cuesta algo de trabajo creer que un asteroide de “sólo” unos 10 km de diámetro –menos que el ancho de la ciudad de México– haya acabado con todos esos seres vivos alrededor de todo el planeta. Claro que traía una energía inconmensurable, pues cayó a una velocidad de entre 20 y 25 km/s –el triple de la velocidad de nuestra nave Atlantis– para formar el cráter de Chicxulub y todo el caos asociado con él en aquella época remota. Esto nos da idea de lo que pasaría si un orbitador de la NASA chocase con la Estación Espacial Internacional, ya que cada uno se desplaza a cerca de 8 km/s; simplemente, sería peor que una explosión nuclear y nadie sobreviviría para contarlo. De allí que los sistemas de radar y de acoplamiento entre vehículos espaciales son técnicas muy sofisticadas que requieren de mucho ingenio, pruebas y avanzados programas de computación y orientación por láser.

Y ya que hablamos de meteoros, meteoritos y asteroides, les recuerdo que Apofis –según los cálculos más recientes de la NASA– “sólo” pasará a unos 30,000 km de distancia de la Tierra en el año 2029. Este peligroso asteroide fue descubierto en 2004 y, aunque tal vez no cause ningún daño, habrá que monitorearlo constantemente para prevenir cualquier catástrofe. Los satélites de comunicaciones de uso comercial, como los de México, Estados Unidos y Canadá, se encuentran en la órbita geoestacionaria, a 36,000 km de altitud sobre el nivel del mar. De modo que, si los cálculos son correctos, Apofis pasará por algún lugar entre la superficie terrestre y alguno de estos satélites, aunque con una órbita de diferente inclinación a la geoestacionaria, con una diferencia de aproximadamente 40 grados. Apofis tiene un diámetro “apenas” cercano a los 300m, pero a la velocidad que lleva tiene una fuerza destructiva peor que la de una guerra nuclear. Espero que hayan hecho votos para portarse bien en la reciente Semana Santa, conforme todos viajamos en nuestra nave espacial llamada Tierra, y nos vemos en la próxima.

Fuente: Rodolfo Neri Vela/El universal

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Esta entrada fue publicada el 14 abril, 2010 por en 1.
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